Durante mucho tiempo he visto como llegan pacientes a mí, negándose a una separación que llegó incluso antes que la ruptura misma. Es casi como si quisieran encontrar en terapia la fórmula mágica para retener ese amor, y sé tanto por mi experiencia en consulta y fuera de consulta, que el proceso de aceptar es bastante amargo al inicio, e incluso, aterra, casi como sentir que al salir por la puerta encontrarás un acantilado, creerás incluso que el peso de tu dolor es demasiado pesado, y que necesitas a alguien allí que te levante, y si no es mucho pedir ¡QUE LLENE EL VACÍO QUE DEJÓ EL QUE SE FUE!
Y sí, entiendo toda la rabia, ira, decepción, tristeza y dolor que sientes al darte cuenta que mantuviste una relación con una mentira más que con una persona, una mentira que decidiste fabricar sobre una base de aire, donde sabías que en cualquier momento se esfumaba o sencillamente caía, y aunque no puedas verlo, sólo te encargaste de postergar el dolor de la caída. Creer que el otro se va y te deja sola, es casi como asumir que la única compañía que mantenías era la de esta persona, y si esto es así, me atrevo a decir ¡A DIOS GRACIAS QUE SE FUE!, sí, que se fue hoy y no mañana, porque honestamente el encuentro contigo no podía esperar más. Asumirte en libertad, es una sensación divina que sólo podrás experimentar cuando te hayas colocado los anteojos de la realidad sin nada que empañe el lente, cuando puedas ver la verdad de frente y sin anestesia, para luego repetir: ¡BENDITA SEA LA RUPTURA!
Es que la realidad es que estamos repletos de comienzos y finales y nos negamos a este último, incluso, yo estoy a punto de terminar este escrito y tú estás a punto de terminar de leerlo, el primer grado en el colegio ahora es sólo recuerdo, tu primer compañero pasó a quedarse en fotos, tu primera maestra la recuerdas con cariño, estamos llenos de finales, y todavía buscamos permanencia en los comienzos, que ironía. A estas alturas me atrevo a decir que en el fondo no extrañamos lo que fue, sino la idea que teníamos de lo que nos hubiese gustado que fuera, y ante ese mar de expectativas, una sequía de realidad.

